| 18/07/2007 El otro día estaba leyendo un librito escueto pero muy serio e interesente ---que me regaló amablemente un amigo y sobre el que luego me voy a explayar--- que me hizo recordar un tema que tanto este que escribe como los profesionales que se mueven en mi entorno damos por sentado, pero que suele pasarse excesivamente por alto en ambientes menos académicos. Se trata justamente del título de esta columna, pero ciertamente no de aquella eterna discusión entre empiristas y racionalistas. Hablaremos de cómo puede diferir lo que uno percibe sobre algo con respecto a lo que ese algo realmente es. En particular, del riesgo y su percepción. Lo que sigue puede parecer algo duro y frío, pero es como efectivamente debemos proceder en estos casos. Corazón caliente y cabeza fría.
¿Avión o automóvil?
Comencemos con un ejemplo muy claro de percepción errónea del riesgo. Supongamos que definimos como riesgo de un medio de transporte dado como la probabilidad de morir en un viaje, calculada por ejemplo como la cantidad de muertes ocurridas en un período de tiempo ---digamos un año--- divida por la cantidad de kilómetros recorridos (o la cantidad de viajes emprendidos, o la cantidad de pasajeros involucrados, lo mismo da). Está claro ---y si no lo está, debería estarlo--- que el riesgo involucrado en un viaje en avión es mucho menor que el riesgo asociado a hacer un viaje en auto. Sin embargo, la mayoría de las personas le atribuye al avión un riesgo mucho mayor que al automóvil.
Sucede que asociamos el riesgo a algo desconocido, a una situación que genera incerteza y desconfianza. Y como un avión es algo más complicado que un automóvil ---pensemos en la diferencia de precios entre un Fiat 600 y un Boeing 747--- nuestro desconocimiento es mayor. Más aún, suponemos ---mal--- que el hecho de tener el volante en nuestras manos es más seguro que darle el mando a otra persona, sólo porque sabemos qué es lo que está pasando en la ruta pero no sobre las nubes.
Pero detengámonos a pensar esto con un poco más de objetividad. ¿Cómo podemos pensar que meternos en una lata que viaja a doscientos kilómetros por hora ---o ligeramente menos si disponemos de un seiscientos--- a dos metros de cientos de latas que viajan en dirección opuesta es menos riesgoso que subirse a un avión? Por un lado, los pilotos son profesionales altamente entrenados y no abogados que cada tanto miran A Todo Motor y van a las ferias del automóvil en La Rural de Buenos Aires. Y por otro lado, este aparato vale varios millones de dólares básicamente porque la gente pone mucho esfuerzo en él, especialmente en sus sistemas de seguridad, pues no sólo hay muchas vidas sino mucho dinero en juego. Esto suena duro, pero es verdad. Al señor Brasniff le interesa bastante más su cuenta bancaria que sus pasajeros.
El costo y el precio del riesgo
Habiendo pedido perdón allá lejos y hace tiempo en el primer artículo de esta serie por ser estudiante de ingeniería ---hoy convertido redondamente en ingeniero--- voy a realizar aquí un comentario poco científico. Es que básicamente, nuestro trabajo es resolver problemas de la forma más barata posible. Y un sistema extra de seguridad es cualquier cosa menos barato. Es por eso que debemos contestar la siguiente ---y fría--- pregunta: ¿cuantas muertes podemos tolerar debido a nuestro emprendimiento de ingeniería? Y la respuesta es tan cruda como sencilla. Una probabilidad de muerte en cien es inconcebible y se debe gastar lo que sea en impedir esta situación. Si la probabilidad es de una en diez mil, se deben gastar recursos moderadamente en intentar reducir el riesgo. Una muerte en un millón de personas es ampliamente aceptable.
Sucede que hay veces en los que el impacto de un emprendimiento es dificil de
cuantificar. Pero, ¿cuál es la probabilidad de muerte en la industria de la construcción? ¿De recibir un ataque cardíaco en una oficina? ¿La incidencia del humo de los cigarrillos en los fumadores pasivos? ¿Y la de las drogas ilegales? A modo de ejemplo, se estima que unas treinta mil personas (sí, 30.000) mueren cada año en Estados Unidos debido a la emisión de dióxido de carbono de las centrales de generación eléctrica. Casualmente ---y sólo casualmente--- esto nos da ese moderado 10-4. Este es el precio que los americanos ---y seguramente nosotros también--- pagan para que el costo del kilowatt-hora sea de unos pocos centavos de dolar.
El informe que me regalaron
El libro del primer párrafo se llama The Future of Nuclear Power y se trata de un informe interdisciplinario realizado en el Massachusetts Institute of Technology en el año 2002. No sólo ha sido preparado por ingenieros nucleares sino que también han participado políticos y empresarios, por lo que el enfoque es más estratégico que técnico (y extremadamente yanqui para nuestros pobres ojitos sudacas). Uno de los aspectos que este informe trata es el espinoso tema de la opinión pública, y para ello han realizado una encuesta en Estados Unidos sobre varios aspectos de la generación nucleoeléctrica. De hecho hace un mes han publicado los resultados de una segunda encuesta similar a la anterior pero realizada este año ---donde, entre otras cosas, hubo una invasión a Irak de por medio--- donde las respuestas varían ligeramente a favor de la energía nuclear.
Los resultados generales son un amplio soporte a la generación eólica y solar y un rechazo a la generación nuclear y a la basada en carbón. Los ciclos combinados y las centrales hidroeléctricas son medianamente apoyadas. La justificación de esta elección es la percepción sobre costos y contaminación que los encuestados tienen de cada tipo de generación eléctrica. Pero es muy interesante analizar además otro resultado que ha aparecido en la encuesta.
Astutamente, la gente del MIT dividió a su muestra en tres grupos a la hora de preguntar sobre el apoyo a las diferentes formas de generación eléctrica. A uno de estos grupos no se le proporcionó ninguna clase de información extra, grupo que fue llamado \de control. A los otros dos grupos se les dio una estimación sobre el costo y el impacto real de cada tipo de central. Sucede que el impacto de las centrales eólicas y solares ---medido por ejemplo en muertes en la población por unidad de potencia generada--- es bastante mayor que la de las centrales nucleares. ¿Cómo? Tenemos que tener en cuenta la peligrosísima industria química que está atrás de las celdas fotovoltaicas o de las palas de los aerogeneradores. Podríamos ahondar más en este tema, pero no estamos hablando estrictamente de generación eléctrica.
Por otro lado, el costo también favorece a la energía nuclear tanto por factor de carga como por economía de escala. De hecho la máquina generadora más barata del Sistema Interconectado Nacional es la Central Nuclear Embalse. Otra vez, podemos dejar esto para otro día.
Una cosita más. La seguridad es un tema central en una central nuclear, y la gente pone mucho dinero y esfuerzo en lograr los estándares internacionales de seguridad. Aunque a veces parezca todo lo contrario, las personas que se dedican a estos temas no son ningunos improvisados y estudian sistemáticamente ---léase científicamente y sin dejar ningún cabo suelto--- todos los posibles casos de falla y los impactos asociados. Y un reactor nuclear se construye sólo si el riesgo de muerte para un miembro de la sociedad es menor que uno en un millón, que es más o menos el riesgo de morir por trabajar en una oficina, tal vez asesinado por un pasante iracundo. Justamente, el apoyo a la energía nuclear en los grupos que tuvieron información real sobre costos, contaminación y seguridad fue sensiblemente superior que aquel del grupo de control.
Conclusiones/
Las conclusiones de esta encuesta son esas cuestiones que ya sabemos pero que cuando nos las dicen, no dejan de sorprendernos igualmente. Las percepciones del riesgo no suelen coincidir con los riesgos reales. Sin embargo, disponemos ---en estos tiempos más que nunca en la historia de la humanidad--- las herramientas necesarias para llegar a la verdad. Tenemos acceso a computadoras, bibliotecas y expertos a un e-mail de distancia. Y lo mejor de todo, no tenemos la cabeza sólo para usar boinas.
Referencias
- The Future of Nuclear Power, Eric S. Beckjord, MIT Press, 2003.
- Public Attitudes Toward America's Energy Options: Insights for Nuclear Energy, Stephen Ansolabehere, MIT Center for Advanced Nuclear Energy Systems, 2007
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