| 10/03/2007 Objetará el atento lector--si es que en efecto hay alguno, ya que
no me he anoticiado de su existencia--que el título del artículo de
hoy no pertenece al plan original presentado en aquella
introducción. En verdad hay algo de la idea primigenia, ya que había
un tema propuesto como "La Tierra plana de Colón''. Pero en la
última semana leí un interesante artículo en la revista Scientific
American que me dio pie para relacionar justamente al Almirante Don
Cristóbal con Plutón. Y como ya hemos aprendido quienes conocemos la
obra de Johann Sebastian Mastropiero ``La bella y graciosa moza marchose a lavar la ropa...'', una inconveniente longitud en el
título de un opúsculo puede llegar determinar un venturoso éxito o
un rotundo fracaso. Explicar la relación entre la Tierra plana de
Colón y el planeta Plutón en una línea ciertamente es algo muy
complicado de realizar, por lo que de esta forma he encontrado una
excusa para ponerle el título al artículo. No prometo conseguir
pretextos de este orden más adelante.
La Tierra plana de Colón
Todos hemos aprendido durante nuestros años inocentes, que los
obtusos contemporáneos de Cristóbal Colón pensaban que la Tierra era
plana y que él era el único que estaba en lo cierto. Incluso se nos
ha referido una patética escena en la que les ``demuestra'' a los
Reyes Católicos la veracidad de sus enunciados poniendo un huevo en
forma vertical, ante el asombro de la corte y la sospecha de los
alumnos del cuarto grado. Sin reparar en este desafortunado
episodio, la mayoría de nosotros está convencido de que Colón era un
pionero que iba en contra de esta forma de pensar tan elemental que
reinaba en el renacimiento donde la gente pensaba que la Tierra era
plana y que estaba sostenida por cuatro tortugas. Claramente esas
cosas ya han quedado en el pasado, y hoy ya no hay nadie que crea en
cosas tan irracionales como los horóscopos, las brujas y las cartas
del Tarot. Después de todo, si somos tan estúpidos para pensar que
la Tierra es plana, bien merecido tenemos que se nos aparezcan
constantemente navegantes genoveses que vengan a derrumbar nuestras
teorías. Pero como ya dijimos, eso no pasa en el siglo XXI y sólo
nos interesan los temas realmente importantes, racionales y
científicos. Nadie invierte tiempo en ver qué es lo que pasa dentro
de una casa donde hay un puñado de giles ignorantes. ¡Que suerte que
tenemos!
Pero habíamos dejado a Colón con un huevo parado sobre una mesa,
configurando la escena con la cual nuestras maestras intentaban
inculcarnos toda clase de nociones. Justamente aquellas conforme a
las cuales la comunidad europea decía que era obvio que la Tierra
era plana, que no había nada que discutir y que Colón estaba loco.
Sin embargo, el tezón que caracteriza a las grandes almas que se
destacan por sobre el resto y que marca la diferencia entre la
genialidad y la mera terquedad se apoderó de la Reina Isabel de
Castilla y financió un viaje sin retorno hacia los confines del
mundo, donde vivían toda clase de monstruos marinos y malvadas
sirenas que raptaban a los intrépidos marineros que osaban desafiar
una verdad tan evidente. No está nada mal para engrupir a pibes de
nueve años. Lástima que esto también engrupe a no pocos
desprevenidos.
La verdad es que todo esto no es otra cosa más que una gran
mentira, cuyo origen todavía no me queda claro. Que la Tierra tenía
una forma más o menos esférica era un hecho conocido desde la
antigüedad clásica. De hecho los mismos lectores que hicieron la
objeción del primer párrafo recordarán que en el último artículo
hablamos de Ptolomeo, que ya sabía esto. Más aún, en el siglo III
a.C. Eratóstenes midió el diámetro de la Tierra con una precisión de
algunos pocos por cientos.
El diámetro de la Tierra
Supongamos por un instante que alguien nos para por la calle y
tenemos la suerte de que lejos de preguntarnos a quien echaron esta
semana de Gran Hermano, nos indaga sobre el diámetro de este
minúsculo planeta sobre el que estamos ahora parados. Lo primero que
a un instruido ciudadano global se le ocurriría es recurrir a
maravillosas y fascinantes herramientas tales como el sorpredente
Google Earth, que ciertamente Eratóstenes no tenía a mano. Pero los
románticos científicos saben que las soluciones más elegantes son
las inesperadas, aquellas logradas por caminos laterales del
pensamiento. Desafiando nuevamente la fidelidad del lector,
recordaremos la definición original del metro patrón. Era justamente
la diezmillonésima parte de la distancia entre el polo y el ecuador.
Entonces la circunferencia total tiene cuarenta millones de
kilómetros y, diviendo luego por el simpático número π, respondemos
al paseante y continuamos viviendo nuestras amargas y tristes vidas
dedicadas al estudio de la inmortalidad del cangrejo.
Pero la Oficina Internacional de Pesas y Medidas es tan ajena a
Eratóstenes como el mismo Google Earth. ¿Cómo demonios hizo para
medir el diámetro de la Tierra? Sucedió que algún comedido--de esos
que nunca faltan--le pasó el dato de que durante el mediodía del
solsticio de verano en la ciudad de Alejandría, las cosas no
proyectaban sombra alguna. Entonces pensó que midiendo la longitud
de la sombra de una varilla clavada en la tierra el mismo día a la
misma hora en otra ciudad, podría calcular el ángulo subtendido por
el arco de la circunferencia terrestre que une las dos ciudades.
Sabiendo la distancia--sobre la superficie--entre ellas, podría
obtener la circunferencia de la Tierra de la misma manera que lo
hicimos nosotros en el párrafo anterior. El cuello de botella del
experimento residía en medir correctamente la distancia entre
Alejandría y Siena con los métodos de la época. Recordemos que no
sólo no existían los sofisticados aparatos de medición modernos,
sino que tampoco había una unidad de longitud única. Incluso
faltaban casi dos mil años para la aparición del método científico
de Galileo.
Parece ser que Eratóstenes usó unos camellos que iban a una
velocidad mas o menos constante y determinó el tiempo que tardaban
en ir de Alejandría a Siena, introduciendo toda clase de errores que
para los métodos modernos resultarían definitivamente inaceptables.
Así y todo, logró mostrarle a la civilización helénica que pensaba
que Alejandro de Macedonia no había dejado territorio por
conquistar, que la mesopotamia no era más que un insignificante
pedazo de tierra en un vasto e inimaginable mundo. La Tierra no era
solamente redonda. También era grande.
¿Y Plutón?
En todo este racconto histórico, no hemos nombrado en absoluto a
Plutón. ¿Qué demonios tiene que ver con Colón y con Eratóstenes?
Pues bien, aquí viene la idea central de la columna. Quinientos años
después de que Colón zarpó del Puerto de Palos, nos han enseñado que
Europa pensaba que la Tierra era plana. Y en realidad hace dos mil
trescientos años que la gente no sólo estaba anoticiada de su
esfericidad sino que también conocía casi exactamente su diámetro.
Lo que los sabios decían es que el viaje desde España hasta Asia
viajando en dirección oeste era impracticable, como ciertamente lo
era. Nada de pamplinas sobre barcos que se caían en un inconcebible
precipicio cósmico. Aquella mezcla de azar y genialidad--cuya
composición no está muy clara--hizo el resto de la historia.
El año pasado, la Asociación Internacional de Astronomía
decidió--luego de analizar cuidadosamente el asunto--definir el
concepto de planeta de una forma diferente según la cual, Plutón
deja de serlo. Detalles al margen, si se mantuviera la definición
anterior, habría tantos planetas en el Sistema Solar que un
estudiante aplicado tendría que aprenderse de memoria y repetir
rítmicamente varios miles de nombres para poder aprobar la lección.
Y por más que no nos guste tirar setenta años de costumbre por la
ventana, los que saben del tema son los astrónomos y no la vecina de
la esquina que todavía piensa que los marcianos viven entre nosotros
pero no los podemos ver, citando a Fabio Zerpa en el canal Infinito.
Quisiera saber yo cuántos miles de años deberán pasar hasta que
logremos que las maestras les digan a los pibes del cuarto grado que
hay ocho planetas en el Sistema Solar. Y que a modo de anécdota
curiosa, cuenten con aire socarrón que hubo épocas en las que la
gente pensaba que la Tierra era cuadrada y Plutón era un planeta.
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